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Viajes Baratos

Historias de Viaje – Cuando casi me Ahogo en Ecuador.

Hace varios años ya, hice un viaje con un amigo por Máncora y Montañita. Nos fuimos en bus lo cual lo hizo épico y agotador al mismo tiempo. En general fue un viaje increíble, pero una tarde poco antes del atardecer, estaba con una amiga conversando en la playa cuando otro amigo nos hace el gesto de que era hora de irnos. Previamente había estado jugando en el mar y sentí que estaba muy fuerte la corriente, pero finalmente no tuve grandes problemas para salir.

Cuando por fin decidimos salirnos, vamos caminando hacia afuera cuando escucho gritos de 3 personas pidiendo auxilio. No lo pensé dos veces y me metí con la intención de sacarlo. En ese momento no tenía ningún conocimiento acerca de oleajes ni como funcionaba la corriente, lo cual habría sido muy conveniente en ese momento. Me metí sin evaluar nada y a locas. Al llegar, me encuentro con una persona mayor de unos 60 años, bastante gordo. Como sabía que la gente se desespera y a veces hasta te intenta ahogar, le hable metros antes, y lo tomé con un brazo, mientras nadaba hacia atrás con mis dos piernas y el brazo que me quedaba. Lo primero fue que el no hacía ningún tipo de ayuda. Estaba nadando solo con un brazo. Sentía que avanzaba muy poco pero sin mirar atrás seguí avanzando. Escuchaba comentarios del estilo “sigan así, van llegando, van llegando!” por lo que me sentía motivado a seguir. Luego de unos minutos, ya me empecé a sentir muy cansado. Me detengo, miro hacia atrás y me di cuenta que no había avanzado nada. Obviamente seguir no contribuiría a nada más que a agotarme.

El hombre se apoyaba en mi para flotar, pero luego de varios minutos el peso empieza a ser muy desgastante por lo que tenía que pedirle que me soltara para poder flotar y descansar. Cuando hacía esto, el hombre automáticamente se daba vuelta y se empezaba a hundir por lo que tenía que tomarlo nuevamente y sacarlo. Aún así, era un alivio, por lo que cada cierto rato teníamos que hacer esto para que pudiese descansar un poco. Yo desde el principio le decía, “vamos a salir, vamos a salir, tranquilo” y aunque seguía haciéndolo, ya no habían opciones coherentes que nos pudiesen salvar. Recuerdo que en algún momento pasó por mi cabeza la idea de salir con ayuda de una tortuga. Sabía que era ilógico, pero en esa situación, parecía cuerdo.

Llegó un momento, en que ya no había salida en mi cabeza, si seguíamos ambos ahí, los dos nos íbamos a ahogar. Miré la orilla, sentí que tenía un 70% de posibilidades de salir y salvarme, pero sabía que el riesgo existía, ya había pasado más de media hora y nadie podría ayudarnos. Estábamos muy lejos de la playa principal, no había nada que hacer. Recuerdo el momento en que me di cuenta que no podía dejarlo ahí. Recuerdo con frustración mi elección. Elegí sabiendo que iba a morir, pero no podía dejarlo ahí.

Seguía repitiendo, “vamos a salir, vamos a salir, tranquilo” pero en mi cabeza ya no lo creía tanto. Mis dudas cruzaban por mi cabeza mientras pensaba en cómo salir. La tortuga aún era la opción más lógica.

En eso, escucho “ya viene un bote, aguanten un poco más, ya viene un bote”. Él no escuchó, por lo que le repetí. Pasaron unos minutos y aparece un bote largo. Dos personas se tiran desde el bote, y yo por fin pude sacarme ese peso. Apenas pude subir al bote, y estando arriba intento ayudar a subir al hombre. Recuerdo que estaba lleno de pescados muertos por todo el barco. Era difícil pisar sin tocar alguno. Mis brazos estaban muertos, no tenía fuerza, y no era capaz de aportar en nada.

En eso, el conductor del bote grita “vamos más adentro, aquí rompen las olas y viene una grande”.

Los dos hombres que se tiraron, se suben al bote, y entre los tres, sujetamos al caballero por fuera del bote mientras nos íbamos mar adentro. Él gritaba “muchas gracias, me salvaron la vida, me salvaron la vida”.

Cuando llegamos mar adentro, bajó uno mientras entre dos levantamos al hombre. En este momento mis brazos respondieron un poco más y no hubo problemas en meterlo en el bote. Seguimos el camino hacia afuera mientras el caballero seguí gritando gracias a todos los vientos. Al tocar tierra, me bajé del bote, extremadamente cansado, tanto que el cansancio se mantuvo durante varias horas después y me fui, mientras toda la gente, que era mucha, observaba como una ambulancia se llevaba al caballero.

Nunca supe su nombre, ni siquiera si se recuperó bien, pero al menos sabía que no había muerto.

Una decisión absurda, totalmente irracional, que me llevó a estar al borde de la muerte, mirarla a los ojos, y entregarme a ella. Pero que, al menos, impidió que las vacaciones de una familia se arruinaran por completo.